jueves, 22 de marzo de 2018


Liebres lentas y tortugas rápidas

 

Seguramente oíste alguna vez aquella fábula de la carrera entre una liebre y una tortuga, que al fin terminó ganando la tortuga, porque la liebre, segura en si misma que ganaría, se acostó a dormir una siestita.

Aquella vieja historia sigue hoy teniendo mucha vigencia. ¿Quién de nosotros no se confía en sus capacidades y superioridad sobre otros como para sentirse mas valorado? Jesús, también contó una parábola sobre un fariseo que se creía superior a un publicano; sin embargo para Jesús el publicano resulto mas noble que el fariseo.

Creo que un ejercicio interesante sería considerar que aquello que remotamente podría suceder, bien podría sucederme a mi. Yo puedo ser la liebre que pierde la carrera con la tortuga; yo puedo ser ese fariseo recalcitrante que está por debajo del publicano despreciado. Yo puedo ser el que pierde con todas las posibilidades de ser el ganador.

He aprendido que no es seguro estar tan seguro, que siempre está latente: “Al mejor cazador se le escapa la liebre”, aunque sea esa libre que perdió la carrera con la tortuga. ¿Por qué no a mi?

Cuando considero una remota posibilidad, esa posibilidad ya no es tan remota, y eso da espacio para la humildad, quiero decir, no debo jactarme en nada, ni burlarme en absoluto.  ¿Acaso no vamos bastante retrasados los argentinos a pesar de nuestra rapidez? ¿Qué paradoja no?

Es que ser rápidos no tiene sentido sin considerar ¿Rápidos para que? Hoy día los niños se destacan por ser más despiertos y rápidos y pregunto: ¿Despiertos y rápidos para que? ¿Para manejar jueguitos electrónicos? ¿Para salirse con las suyas? ¿Para saber prematuramente lo que antes se debía ignorar? Y ¿Dónde está llegando la juventud con esa rapidez? No hace falta que lo digamos y ya no tengo mas espacio para decirlo. Solo diré: “La tortuga va más lento y vive más que ninguno” ¿Por qué será?

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